jueves, 30 de julio de 2015

Crónica de una lectura pospuesta o la tentativa y esquiva "Ragtime"

Ricardo Sigala




A mitad de los años ochenta encontré infinidad de veces en las vidrieras de las librerías un libro, un mismo libro, su tapa blanca era tan llamativa como su título, así nomás, una simple palabra inglesa: Ragtime. También era llamativo el nombre del autor E. L. Doctorow. Me interesó porque yo era un aficionado al jazz y recién había leído que el ragtime como el blues eran los padres musicales de dicho género. Entonces yo no lo sabía pero el libro era tan famoso porque el checo Miloš Forman lo había llevado al cine en 1981. El caso es que nunca lo compré, ni supe de qué se trataba, tampoco supe que la novela además de haber sido un éxito de ventas también había sido muy bien tratado por la crítica especializada. Siempre imaginé al autor como un negro del Bronx.



            En septiembre pasado recibí una invitación para hablar de literatura y Jazz, ahí me volví a encontrar con Ragtime de L.E. Doctorow. Sólo el título me obligaba a incluirlo en la exposición. Pero ahora el libro era inconseguible, lo que había sido omnipresente y al alcance de la mano, ahora resultaba inaccesible, esa dura lección del paso del tiempo. En esa ocasión, tampoco pude leer la novela, pero obtuve los siguientes datos sobre su contenido: “trata de personajes y sucesos de la historia estadounidense que nunca estarán en la Historia, con mayúsculas, de ese país. Estamos en los años previos a la Primera Guerra Mundial, una época en la que se están gestando los movimientos que marcarán los grandes cambios sociales del siglo XX: obreros, inmigrantes, negros y mujeres protagonizan manifestaciones por la exigencia de sus derechos. En ese contexto los miembros de una familia norteamericana de clase media se relacionan con personajes emblemáticos de la época: La anarquista Emma Goldman, Henry Ford, Sigmund Freud y hasta Emiliano Zapata, entre muchos otros.
           
En la FIL pasada tuve la oportunidad de presentar la novela Jaguar negro de la brasileña Lucrecia Zappi, su editor mexicano, Carlos López de Alba director de Editorial Pollo Blanco, me había encomendado la revisión de estilo de la versión castellana de la novela. Se trataba de una ópera prima, sin embargo traslucía una solidez encomiable. Al preguntarle a Zappi con quien había trabajado su novela, respondió que con L. E. Doctorow, quien había sido su maestro de escritura creativa en la Universidad de Nueva York, dijo que Jaguar negro había sido su trabajo final. También entonces me propuse leer a Doctorow.

           
El martes pasado la prensa dio a conocer la muerte de L. E. Doctorow, tenía 84 años y un cáncer de pulmón que se le complicó. Supe que en efecto había nacido en el Bronx en Nueva York, sin embargo era “hijo de un matrimonio modesto pero culto de inmigrantes judíos”. En defensa de su arte y de la literatura en general había escrito: "La narrativa (…) constituye una estructura reveladora de hechos. Comunica lo visible con lo invisible, el presente con el pasado. Presenta la vida como algo con trascendencia moral. Distribuye el sufrimiento para que sea soportable. (…) La narrativa fue la primera depositaria del conocimiento humano. Fue tan importante para la supervivencia como una lanza o una azada. El narrador practica la manera antigua de acceder al conocimiento, el discurso total anterior a todos los vocabularios específicos de la inteligencia moderna."

            El jueves, Lucrecia Zappi publicó en el diario Folha de Brasil un sentido texto de despedida a su maestro, recordó la última vez que lo vio, hace poco más de un año, y su sonrisa pícara que parecía jugar con el destino. Recordó también que le recomendaba leer todos los días, no necesariamente mucho, “con sesenta páginas diarias es suficiente”, aseguraba. Este fin de semana por fin compraré Ragtime de E. L. Doctorow y leeré sesenta páginas diarias, como in homenaje a quien en palabras de José María Guelbenzu fue un audaz, inteligente y penetrante escritor de novelas.


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