lunes, 20 de octubre de 2014

Poética de la infancia

Poema ganador de los Juegos Florales Zapotlán 2014.



Alejandro von Düben


Recordamos la infancia
Como un refugio para menos morir.
José Ángel  Valente





Decir que hace un buen día en Zapotlán sería decir una mentira
hoy llueve y entre mis huesos y el frío existe el mundo,
hoy mis ojos son una ventana que da a un domingo triste,
a esta mañana de principios de otoño,
gris como el cielo y el agua que cae sobre la ciudad y sus calles,
caminos  que ya son ríos arrastrando consigo septiembre,
algunos nombres o vidas y recuerdos de la infancia,
cuando la lluvia no era nostalgia sino un pretexto para empaparme el alma,
o cuando en lugar de ventanas mis ojos eran un par de canicas
que brincaban de un lado a otro bajo la lluvia pero por encima de las nubes,
en ese entonces era  posible visitar otros países
navegando los charcos del verano, sintiendo la brisa como un ciego frente al mar,
haciendo patitos hasta el horizonte o hasta la llegada de la noche,
cuando regresaba a casa y veía los días rompiéndose en la palma de mi mano
con una muerte bellísima por inexplicable que era.

Hoy en la lluvia los cuerpos se deshojaban igual que árboles viejos
y es como si sólo existiera esta soledad desbocada en el domingo triste
y en la memoria, en la nostalgia y en las horas que me duelen por todo el cuerpo,
tiempo destrozado como en una suite de jazz pero en silencio.
en la infancia no sucedía así: la música emergía en cualquier lugar e instante,
atravesaba cunas y cementerios brotando del aire y de mamá
que cantaba con un pajarito en el paladar o en las manos,
esas manos de mamá que eran cajitas musicales, refugio de palomas,
manos que con una caricia abrían de tajo la luz para bañarme en ella
cuando la oscuridad acudía a mi rostro nublado por un llanto pasajero,
recuerdo que a mamá le bastaba con sólo acariciar mi mejilla
y mirarme con sus ojos solares, dibujando un arcoíris inverso en mi boca,
una sonrisa, un gesto de alegría que tenía el hálito de una bala tirada al cielo,
haciendo que volviera el júbilo de la carne, mi inocencia de estar vivo y ser libre,
sí, a pesar de la escuela o de haber sido el menor en la familia
aunque no el único niño, también lo eran mi hermana y mis primos
con los que acostumbraba juntar sueños, amarrarlos a un hilito
y sacarlos a volar por el mundo para descubrir con ellos
ciudades recién inventadas, reinos de la infancia donde viví y morí
el día en que me gustó una niña por el olor a café de sus ojos americanos.

Ahora no soy más que una sombra desnuda,
los recuerdos caen como lluvia sepultándose entre gusanos de aire o de tierra,
busco algún sitio donde refugiarme, pero sólo encuentro un cuerpo cansado
junto a este poema que escribo para matar el tiempo
y que ahora termino y arranco –no como se arranca una flor,
sino como alguien que se extirpa el corazón rabiosamente enamorado-,
entonces, sin pensarlo, hago con el poema un barquito de papel y salgo de casa,
lo suelto bajo la lluvia, en el agua, en el río que es la calle y en el domingo triste
abordo este barquito ebrio que se arroja a los cuatro vientos de la poesía

para volver a la infancia o vivir en el intento.

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